| “Bahía, mar, día nublado” es una pintura al óleo realizada con técnica de espátula que evoca una atmósfera silenciosa y contemplativa. La escena se organiza en grandes planos horizontales donde el mar, de azules profundos y grises matizados, ocupa el centro de la composición, trabajado con empastes densos que sugieren el movimiento pausado del agua bajo un cielo cubierto. La bahía se cierra suavemente hacia la izquierda con un borde de rocas claras y un promontorio lejano, construidos con trazos firmes y texturas marcadas que contrastan con la superficie más uniforme del mar. La línea de espuma, aplicada con gestos breves y decididos, define el encuentro entre el agua y la arena, aportando ritmo y continuidad visual. En primer plano, la playa de tonos claros y fríos se extiende de manera amplia y silenciosa. Dos pequeñas figuras humanas, apenas insinuadas, caminan junto a la orilla; su presencia introduce escala y un sutil relato de intimidad frente a la inmensidad del paisaje. El cielo, cubierto de nubes espesas resueltas con capas superpuestas de grises y blancos, envuelve la escena en una luz difusa que suaviza los contrastes y refuerza el carácter introspectivo de la obra. En conjunto, la pintura propone una mirada serena y reflexiva del litoral, donde la materia, el color y la atmósfera se funden para transmitir la calma melancólica de un día nublado frente al mar. |
| “Bahía, mar, puesta de sol” es una pintura al óleo de Pollak realizada con técnica de espátula que captura la transición silenciosa entre el día y la noche en un paisaje costero. La composición se estructura en amplios planos horizontales donde el mar, de azules profundos y densos, refleja la luz decreciente del atardecer, trabajado con empastes firmes que transmiten peso y profundidad. En el horizonte, el cielo se tiñe de tonos cálidos —ocres, amarillos y naranjas suaves— que se funden gradualmente, sugiriendo el resplandor final del sol ocultándose tras la línea lejana. Este contraste entre los colores cálidos del cielo y los fríos del mar genera una tensión armónica que define el carácter de la obra. La bahía se cierra hacia la izquierda con un conjunto de rocas y una franja de arena clara, resueltas con trazos decididos y texturas marcadas. La línea de espuma, aplicada con gestos breves de blanco, delimita el encuentro entre el agua y la playa, aportando ritmo y continuidad visual. En primer plano, pequeñas figuras humanas caminan junto a la orilla. Apenas sugeridas, introducen escala y humanidad en la escena, reforzando la sensación de contemplación y recogimiento frente a la vastedad del paisaje. En conjunto, la obra transmite una atmósfera serena y reflexiva, donde la materia pictórica y la luz del atardecer se conjugan para evocar la calma melancólica de una bahía al caer el sol. |